dijous, 8 de setembre de 2011

Article de Quim Monzó a La Vanguardia, 8 de setembre de 2011



Paseando ves muchas aberraciones como la que Héctor Restrepo denuncia

08/09/2011
Quim Monzó


El domingo, en la sección Cartas de los lectores publicaron –en La foto del lector– una de Héctor Restrepo, acompañada de foto. Se ve la fachada de un edificio con balcones homogéneos, con barandillas iguales, molduras en buen estado de conservación, todas las puertas de los balcones con persianas mallorquinas, de madera... Todos los balcones mantienen esa armonía excepto uno, que ha hecho desaparecer las molduras, se ha cargado la barandilla y la ha sustituido por otra anodina, ha arrancado las mallorquinas y en su lugar ha puesto un cerramiento de aluminio blanco. Para acabarlo de redondear ha pintado de amarillo el tramo de fachada que corresponde al balcón. El texto de Héctor Restrepo explica dónde está esa aberración: "He encontrado este curioso caso en Méndez Núñez esquina Trafalgar, donde un vecino, pasando del patrimonio y la calidad urbanística, ha reformado su balcón. El resultado, como se ve, es un despropósito para la fachada del edificio, más hiriente por hallarse en el Eixample".

A mí me parecería igual de hiriente en Sarrià, Gràcia, la Bonanova o el Clot, porque lo que ha hecho ese vecino de Méndez Núñez con Trafalgar (pueden ver la foto en La Vanguardia del domingo) es una obscenidad, una muestra impagable de barbarie y atrevimiento. Hechos como ese tendrían que estar castigados por las autoridades. Y si ya lo están –supongo que para eso tenemos el Institut Municipal del Paisatge Urbà–, pues habría que coger por la oreja al responsable de esa animalada y conminarlo a devolver la fachada a su estado anterior.

Corre la idea de que en tu casa puedes hacer lo que te apetezca. Y no es así: no puedes hacer cambios que alteren la visión desde el exterior, por ejemplo. La visión exterior forma parte del bien común de la ciudad, de cualquier ciudad. Pasa como con las persianas de los comercios, que los propietarios no pueden alterar con insensateces porque están a la vista de todo el mundo. Paseando por Barcelona ves muchas aberraciones como la que Héctor Restrepo denuncia, y en muchos pueblos de Catalunya la situación es peor, porque no tienen ni Institut del Paisatge Urbà. Se permite sin ningún problema que, en edificios admirables, de repente la gente cambie puertas y ventanas y ponga cerramientos de aluminio blanco (¡y cajas de persiana hacia el exterior!) que laceran la vista de cualquier persona que aún conserve el don de la vista. Las patadas a la coherencia paisajística son constantes y muchos ayuntamientos no plantan cara. No es que sean cobardes y no se atrevan a marcar unas normas: son directamente ignorantes. Los mandamases no saben ni quieren saber hasta qué punto un pueblo se degrada si permite que, un día tras otro, se devalúe su patrimonio paisajístico. Les importa un pito mientras los habitantes –tan ignorantes como ellos– los voten cada cuatro años.



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