dilluns, 31 d’octubre de 2011

BLOC DE LUIS SORAVILLA, 16 octubre de 2011


Hace tiempo que no hablo de lo que le están haciendo a tres edificios de Sitges, la casa Rocamora, el Cau Ferrat y el Maricel. Están siendo sometidos a una remodelación. En este caso, remodelación es un eufemismo que significa vamos a arrasar con todo y haremos un museo nuevo. El proyecto afecta a la fachada marítima, que pierde su carácter mediterráneo para convertirse en una vulgar mampara de vidrio que esconde unas feas rampas.

Ya me lo contó una vez un profesor de Historia del Arte: cuando uno copia o modifica una obra de arte, sólo tiene dos opciones, o hace el ridículo o comete un asesinato. Es decir, o no puede superar la obra original y hace una pifia, o hace algo tan notable que supera lo que ya existía, que pasa a segundo plano. En el caso de este proyecto, lo único notable es la pifia, monumental.

El proyecto es tan vulgar... Fíjense que ya no me meto ni con el patrimonio ni con el recuerdo de lo que fue la fachada marítima. No hace falta. Decir que es feo es un juicio de valor, no es objetivo, pero afirmar que no aporta nada nuevo es evidente. Es una vulgaridad mil veces vista y novecientas noventa y nueve veces censurada. Además, la fachada posterior, madre de muchas polémicas, da al mar, al sol casi todo el día... y es de vidrio. Una fachada de vidrio en el Mediterráneo es como hablar de un cortijo en Moscú, una burrada.

El efecto invernadero será de 400 kW de media a lo largo del día durante todo el año (el cálculo es conservador) y los inválidos que utilicen las rampas o se achicharran ahí mismo o poco les faltará. Además, la sal se pegará a los cristales, que tendrán que limpiarse continuamente. En pocas palabras, el aire acondicionado de los tres edificios tendrá que tener una potencia de 600 kW, tirando bajo, y el coste de mantenimiento de la fachada será notable.

¿A qué arquitecto se le ocurre...? En fin, o es uno de ésos tan buenos que se les permite todo, o la cadena de estupideces se ha alargado más de la cuenta y nadie ha sabido ponerle freno. Opto por la segunda opción.

La remodelación ha sido triste. Hablo por mí. El museo Cau Ferrat era una pieza de museo en sí misma, ya no existe. El paisaje está lleno de andamios y grúas. Sé que los encargados del derribo... perdón, de la remodelación... se han llevado por delante algunos elementos arquitectónicos y ornamentales: baldosas del siglo XVIII, por ejemplo, que coleccionaba Rusiñol para decorar su casa.

El presupuesto inicial del proyecto se estimó en diez millones de euros. El concurso lo ganó una UTE (unión temporal de empresas) por seis millones. Estos día sale en prensa que hay fundadas sospechas de haber dejado pasar una baja temeraria en el concurso, y temeraria lo es, un 40% más barata de lo que se creía que costaría el invento. También es noticia que el presupuesto ya se ha ido de madre. Un millón de euros, o 990.000, más o menos. Ahora no son seis, son siete, y subiendo.

Las razones son los imprevistos que se han encontrado en la obra. En otras palabras, que arrasando con todo casi se les caen los edificios al mar. Por poner un ejemplo, la estructura de acero y hormigón que tendría que sostener la fachada marítima de cristal, esa tan hortera, se asienta... en el techo. Genial. Porque nadie se tomó la molestia de calcular si las casas afectadas aguantarían el peso. Resulta que no lo aguantan. Carecen de cimentación (es un lecho de roca) y su estructura se asienta en paredes de carga. Esas paredes, construidas a la manera tradicional, no soportan esa genialidad arquitectónica y sólo empezar ya se han agrietado. Por lo tanto, ese desvío de un millón es sólo el principio.

Ojalá sea el final, pero el drama previsto se precipita hacia un desenlace fatal.

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